El trabajo

Victoria Gil

Las imágenes de Alonso tienen una amplia lectura, por un lado recuerdan las tesis de Fourier que considera la rutina en el trabajo un «asesinato de los obreros» y propone para combatirla el «trabajo atractivo” Para ello se deben dividir las tareas según las aptitudes de cada persona y hacer el trabajo corto y variado.

Un armoniense tiene ocho sesiones cortas de trabajo en cada jornada (que va cambiando al albur de su pasión mariposeante) y pasa la semana en una cincuentena de ocupaciones diversas.

La industria de Armonía, debido a la relación «no alienada» del productor respecto a la mercancía, no produce una multitud de objetos en serie, de corta duración, sino objetos eternos. Asimismo, al ser todos los habitantes a la vez productores y consumidores, se vuelven a unir el momento del deseo y el de su satisfacción, cuya separación constituye el vicio del orden civilizado.

También imagino la pintada situacionista «no trabajeis jamás» porque lo que buscan estos personajes, más allá de la ociosidad, es la comunicación real, no mediatizada por el poder, que la teme absolutamente.

Alonso rechaza con estas imágenes la separación, división y especialización de las tareas que caracterizan el trabajo.

Estos personajes, que tocan, son un grupo humano que empieza a basar su existencia real en el rechazo deliberado de lo que es aceptado universalmente: el trabajo

Esta brigada ligera en guerra contra lo universalmente admitido, busca realizar la poesía y cultivar la vida como un arte, haciendo música.

Así Loncho manoseando los azules Prusia, la tierra de Verona, nos habla del trabajo en el día a día, en nuestra época: sus condiciones , sus contradicciones, sus resultados desde un punto de vista del pensamiento dialéctico, el cual no aísla ningún aspecto de la realidad, y no lo trata de modo convencional. Sino, lo que quiere Loncho es que de paso al proyecto revolucionario.

Para esto recordemos las palabras de Quico Rivas en la publicación La celda grande: «que supo ver cómo Loncho» Es un operario que pinta (…) con la actitud del alquimista: el artifex que, en la tradición esotérica, es a un tiempo demiurgo (creador) y technites (trabajador manual), condiciones ambas que en la antigüedad clásica compartían por igual tanto los pintores, los poetas y los músicos como los tejedores, los carpinteros y los médicos.». Y echaba Quico mano de Arthur Schwarz -amigo y catalogador de Marcel Duchamp- para recordarnos estos cuatro caminos convergentes: surrealismo, tantrismo, alquimia, y anarquismo, que se encuentran combinados en el quehacer de Alonso Gil: «El alquimista como el artista, es el arquetipo del rebelde anarquista no sólo porque reivindica para sí la juventud de los dioses y su poder creador, sino porque ha entendido que la juventud es creadora, y por ello que revolución y juventud son dos aspectos de la misma materia. Así como el espíritu es la forma más evolucionada de la materia, la revolución es la forma más evolucionada de la juventud. La revolución es la juventud de la persona, y viceversa, tanto a nivel colectivo y filogenético como a nivel individual y ontogenético».

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