Alonso Gil: el alquimista en su celda

Quico Rivas
Grazalema, Sevilla, París ///
diciembre de 2006 / enero de 2007

Y el arte es una forma de crítica, pues hacer arte es confesar que la vida o no sirve o no es suficiente*

Fernando Pessoa

I HACER LA ZAFRA

Lo diré sin rodeos: tengo a Alonso Gil, Loncho para el mundo, por uno de los artistas más interesantes y vivos de su generación, la que frisa los cuarenta años. Prueba de lo que digo es esta exposición que ha realizado para el MEIAC.

A Alonso Gil le nacieron en Badajoz el año 1966, cuando aún coleaban los fastos de los mal llamados XXV Años de Paz, posiblemente el mayor lavado de cara -hoy lo llamarían campaña de imagen- del Nuevo Estado Nacional fundado sobre las cenizas de la Segunda República, el mismo que en Extremadura y sobre todo en Badajoz se cebó en los vencidos con muy especial saña (sobre este particular les recomiendo la lectura de La columna de la muerte, un documentado estudio de Francisco Espinosa de reciente publicación). Mudo testimonio de aquella barbarie fue hasta hace muy poco una plaza de toros vacía y alambrada cuya inexplicable pervivencia la había convertido de facto en imponente memorial de los miles de paisanos desafectos que allí fueron pasados por las armas. Sobre ese solar sagrado por consagrado a la muerte, acaban de construir un pretencioso Palacio de Congresos postmoderno destinado a ser pareja de hecho con este Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), edificado asimismo sobre el que otrora fue penal famoso. La cosmética arquitectónica olvida a menudo que algunas cicatrices urbanas son lacerantes pero necesarias. Veremos qué opinan los fantasmas.

Lo cierto es que Badajoz exigía una reparación muy especial por parte del nuevo régimen, y esta se concretó en un ambicioso Plan Badajoz que sirvió para poner en regadío muchas tierras de la Vega del Guadiana. El Caudillo debió pasarlo pipa practicando en la zona uno de sus deportes favoritos: la inauguración de presas y pantanos. Aquel año 66, por cierto, los scouts sevillanos acudimos a Zafra a la recolección del tomate inflamados por un espíritu redentorista y mesiánico en nada diferente al que, pocos años después, embarcó a intelectuales y artistas de todo el mundo rumbo a Cuba para doblar el espinazo -o eso decían- en la zafra de la caña de azúcar. La Zafra de los Diez Millones, rezaba la propaganda castrista, pero eso ya es harina de otro costal, y a estas alturas de la jugada ya sabemos que aquellos costales ideológicos, los de aquí y los de allí, eran de harina transgénica, pura bazofia.

No sé cómo sigue lo del tomate en la hoy próspera Tierra de Barros, pero la cosecha de artistas extremeños, a la vuelta de tres décadas, resulta excelente. Aparte de los hermanos Gil -Alonso y Victoria- me vienen a la cabeza nombres como los de María José Gallardo, Rorro Berjano, los hermanos Godoy, Rodrigo Vargas, Marta de Gonzalo y Publio Pérez Prieto, una nómina apreciable para una tierra secularmente tan escasa en artistas, como pródiga en conquistadores. Paradójicamente, hace cinco siglos era la necesidad de escapar de la pobreza extrema la que empujó a los extremeños más emprendedores a enrolarse en las expediciones más arriesgadas. Hoy, en cambio, agotados ya los continentes por descubrir, sin indias que expoliar ni américas donde prosperar, es la bonanza económica la que permite optar por el arte a los descendientes más intrépidos de aquellos conquistadores, el arte, digo, ese territorio mil veces hollado, pisoteado y sobado a conciencia pero, así y todo, un territorio virgen por naturaleza, quizás el último donde la exploración y la aventura aún son posibles e imaginables.

II HACER LA CARRERA

Hace cinco siglos, para emprender la carrera de las Indias, los extremeños empezaban buscando tripulación en el bullicioso puerto de Sevilla. Hoy, para hacer la carrera de Bellas Artes, vienen a matricularse en la escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de la capital hispalense. Eso hizo Loncho. Atrás quedaban las pedreas entre cabileños y chumberos por las empinadas callejas de La Zarza, el pueblo de sus padres y abuelos paternos; las correrías por los prados de Matanegra, la tierra de los maternos, en fin, los ecos de una infancia que siempre ha calificado de salvaje, esto es, estupenda. Atrás quedaban los recuerdos de una adolescencia precoz pintarrajeando los muros con los amiguitos del G.E.A. (Grupo de Estudiantes Antifascistas), los primeros balbuceos artísticos en las clases nocturnas de la academia de pintura El Búho, un nombre de lo más apropiado para descorchar vocaciones.

No podía imaginar el incauto que la de Sevilla era una de las escuelas de Bellas Artes más grimosas del país, que tiene guasa la cosa. Tantos millones de dinero público alegremente invertidos en bienales de ringorrango y en habilitar espacios expositivos que se solapan y superponen… y las escuelas por barrer. Pues qué quieren que les diga: ¡Adelante con los faroles! A Loncho mal que bien lo licenciaron, por no decir lo despacharon, allá por el 89, un año más tarde de lo previsto pues se le atravesó en el camino un catedrático que no hacía honor a su nombre -Justo-, un experto en pintar muñecas sin cabeza (realismo mágico sevillano) que se empeñó en cortársela a los más dotados de la promoción: Nuria Carrasco, Germán Madinabeitia o él mismo. Tras un proceso de denuncias en el rectorado, recogida de firmas, carteles de protesta y exámenes pactados, logró por fin perder de vista aquel polvoriento caserón de la calle Imagen, de aciago recuerdo.

A los postres poco queda de los aperitivos o los preliminares premiosos. Lo mejor siempre está, en Sevilla al menos siempre lo estuvo, al otro lado de la tapia. Saltar la tapia (título del festival celebrado en el antiguo hospital psquiátrico Miraflores en Sevilla a finales de los setenta y principios de los ochenta) y poner tierra de por medio ha sido el sueño casi obligado de todos los visionarios sevillanos, y el de los más preclaros oficiantes de la cofradía de avistadores profesionales que tiene por patrón a Rodrigo de Triana. Lo mejor de esa escuela heterodoxa siempre se ha producido o pronunciado o manifestado al margen de la escuela oficial. Y al margen de la misma, la escena del arte joven en la Sevilla de finales de los años ochenta y primeros noventa resultaba bastante excitante. Al menos sus más preclaros representantes -el malogrado Pepe Espaliú, Guillermo Paneque, Rafael Agredano, Patricio Cabrera, Curro González, Pedro G. Romero, Federico Guzmán- vivían en estado de permanente excitación, doy fe de ello. No quedó foro, feria ni club nocturno, a uno y otro lado de la frontera, donde aquellos chisporroteantes jóvenes no lucieran palmito o presumieran de figura: Figura se llamó la revista que editaron, La máquina española la gasolinera donde repostaban, y Pepe Cobo el marchante y pagano que los cobijó, o prohijó, y a mucha honra. Un trabalenguas urdido con mucha habilidad y evidente previsión de futuro.

Algo más joven que los de Figura, Loncho entabló una relación muy especial con Federico Guzmán, que venía a ser el benjamín de aquellos y que, a su vez, mantenía una relación muy especial con su hermana, la pintora Victoria Gil. Los tres conformaron una suerte de célula de afines, una unidad de destino en lo personal que diría El Zurdo, y desde entonces no han dejado de compartir viajes, experiencias, talleres, proyectos, espacios e ideas, un continuado proceso de trabajo y enriquecimiento mutuo aún en curso. Los tres pertenecen a la primera generación de artistas españoles del posfranquismo que supieron entender que hacer la carrera en el mundo del arte no era una cuestión de titulación sino de pasaporte y kilometraje, jóvenes criados en el caldo de la sopa boba de la democracia pero que tuvieron los arrestos necesarios, y a veces incluso los medios, para lanzarse por esos mundos sin los complejos tercermundistas ni las coartadas políticas de sus mayores: censura, represión y otras tristes gaitas que tanto aturdían a las generaciones de la posguerra.

III EL AÑO QUE MURIÓ BEUYS

Sevilla -decía-, en la transición de los ochenta a los noventa, había conseguido inscribir su nombre en el mapa de la modernidad, por decirlo con una frase muy del gusto de los concejales y consejeros de cultura el día que toman posesión del cargo. A pesar de ellos, fueron muchas las figuras de relumbrón internacional, algunas de auténtico fuste, que acudieron a la capital del bajo Guadalquivir a exponer, pasear, y algunos se afincaron, provisional o definitivamente. Sevilla siempre ha dado mucho juego a la hora de embrujar forasteros y secuestrar voluntades.

Tras experimentar un éxtasis místico durante una madrugá del Jueves Santo, el crítico norteamericano Diego Cortés (New York / New Wave) suspiraba por adquirir un ático en la Macarena, y para costeárselo convenció a Julian Schnabel, uno de los pesos pesados mediáticos del momento, de que empezara a practicar el castellano por cuenta del santo de Loyola en un cuartel de las Atarazanas en estado de ruina, un ejercicio de jesuitismo en toda regla. Antes aún de asociarse con el marchante John Weber y el neoyorquino Brooke Alexander -que adquirió casa palaciega en Carmona, desde la que todavía opera-, Pepe Cobo invitó a exponer en su primera Máquina Española a las artistas alemanas Bettina Semmer, Jutta Koether y Rosemarie Trockel. Tras ellas y para presentarlas, vinieron el escritor, crítico y DJ Dietricht Diederichsen y el galerista de Hamburgo Ascan Crone, colegas por su parte de los artistas Martin Kippenberger y Albert Oehlen, quienes, por las mismas fechas, habían conocido a Juana de Aizpuru en una feria de Basilea, y tras estrecharle la mano no se la pudieron soltar hasta que se vieron con las llaves de una bonita casa, también en Carmona. Y para completar la cuadrilla, mi compadre Luís Claramunt se instaló en el Arenal, a la sombra de la plaza de toros, para reclamar su oportunidad, que bien se la merecía. En fin, lo que se entiende por un gran ambiente, un ejemplo pionero en España de esa trama de cruces de caminos, destinos cruzados y constante nomadeo en que ha devenido el mundo del arte contemporáneo.

Loncho, Federico y Victoria hicieron muy buenas migas con la fracción alemana del ejército nómada, especialmente con Bettina, con la que continúan colaborando. Recordemos que durante los ochenta, gracias a su poderío económico y a la acción combinada de un buen número de coleccionistas y galeristas poderosos, Alemania se erigió en la nueva tierra de promisión, una alternativa europea solvente y saneada capaz de disputarle a Nueva York el rango de capital artística que detentaba desde la posguerra. Una sucesión de grandes exposiciones (Zeitgeist, A New Spirit for Painting) sirvió para poner en órbita una amplia constelación de astros de primer orden: Polke, Baselitz, Richter, Kiefer, Immendorf, etc., y de sucesivas hornadas de discípulos de Beuys, el gurú del momento. Artistas por lo general empeñados en retorcerle el cuello a la herencia del pop americano, de las llamadas nuevas figuraciones, de las ortodoxias conceptuales, incluso de bailarle el agua al realismo socialista de sus vecinos cultivando perversas formas de realismo capitalista.

En 1987, nuestra triada sevillana, realizó una primera excursión por Alemania enrolados en El traje de Artaud, la compañía de teatro dirigida por Pepa Gamboa. Presentaban -recuerda Loncho- dos obras en el Festival de Heidelberg: Nosferatu, el vampiro y El tambor futurista. Pedro G. había hecho la escenografía, mi hermana Viky el vestuario, Federico el cartel y yo el atrezzo. Al terminar, me fui a Berlín con mi amigo Mac de Paz, que había compuesto la música del espectáculo, pero nos quedamos dormidos en el tren, se nos pasó Hannover y llegamos a Hamburgo, una ciudad que nos gustó mucho, y allí nos quedamos. En su galería de Hamburgo, precisamente, los presentaría Ascan Crone dos años más tarde, primero en una colectiva de los tres y luego en sucesivas individuales, entre 1989 y 1991. Y, casualmente, mientras yo acabo de corregir estas líneas, Loncho termina de empacar algunos dibujos de la serie de La celda grande que se lleva a Berlín donde se expondrán en un espacio recién abierto, galería 33 Fon, donde programa aquella Bettina Semmer que hace tres lustros se paseaba por las calles de Sevilla de la mano de su entonces novio, el crítico británico Matthew Collins.

Pero aquel año 1987 se acababa de morir Beuys y el mundo del arte alemán se quedó huérfano. Loncho y Mac se agenciaron invitaciones para ir a ver su gran retrospectiva en Munich, y en el guardarropas de la misma coincidieron de nuevo con Federico y Viky que habían llegado al mismo punto vía Colonia, justo a tiempo para asistir a la perfomance de James Lee Byars que, embutido en un traje de oro, consiguió levitar en la puerta del museo. A los veinte años las aventuras cuadran de una manera tan natural que luego da gusto contarlas. La retrospectiva de Beuys -recordará Loncho años más tarde- impresionante, la verdad, con esos trajes de fieltro y toda esa parafernalia de camas de hospital que a veces hasta daba un poco de susto….

Aquella primera expedición alemana concluyó en Venecia, donde se celebraba la Bienal y la gran exposición Futurismos y Futuristas en el recién restaurado Palacio Grassi. Para nosotros, como comprenderás, fue una revelación. En esa exposición es que era todo… los artistas, las obras, los manifiestos… ese Boccioni? ¡impresionante! Recuerdo que estuvimos todo el día deambulando por aquel pedazo de palacio intentando mangar el catálogo. En la sala donde se proyectaban las películas de Léger, y de todos ellos, localizamos una palanca y unas cajas con aquellos tochos azules. Durante el viaje nos quedamos sin un duro e incluso tuvimos que pintar algunos carteles, de toros y cosas así, para venderlos en la calle….

Un viaje que se inicia con los sones del tambor futurista, sigue con el sepelio de Beuys y culmina con la gran recuperación veneciana del futurismo histórico, se presta a toda suerte de cábalas e interpretaciones premonitorias. Mi punto de vista, por ejemplo, es que Loncho es un artista mucho más cercano a Polke que a Beuys y que el futurista es uno de sus ángeles de cabecera. El mismo, por ejemplo, que inspiraba a Silvio, uno de los principales iconos sevillanos, cuando El loco de la colina le preguntaba por qué se había separado de su mujer inglesa, heredera del imperio Rolls Royce: Ella era millonaria y yo soy futurista, le contestó el músico. A Silvio le ha hecho Loncho algunos homenajes y retratos; y reeditó a sus expensas, en colaboración con Federico, un recopilatorio completo de su discografía en un CD triple, una pieza de coleccionista hoy inencontrable. Como también ha homenajeado a ese otro gran icono de la música popular andaluza, sin duda el más grande, que es Camarón de la Isla.

IV HACER LAS AMÉRICAS

Tras estos viajes de estudios por la vieja Europa, una experiencia decisiva, Loncho tenía claro que el master lo seguiría haciéndolo por libre, y así lo hizo: cuatro cursos en Nueva York, de 1994 a 1998, y dos en México, entre 1999 y 2001. Él y Esther habían formalizado su relación de pareja y dado que también necesitaba realizar su postgrado en curaduría y gestión de arte contemporáneo, con lo ganado por él diseñando una farmacia en Jimena de la Frontera y una bequita ministerial de ella, se plantaron en Nueva York.

Conseguimos un apartamento para artistas que era una ganga, aunque debimos superar una especie de oposición para que nos lo concedieran. Estaba en el East Village y pagábamos 600 dólares, que allí no es nada. Luego tuvimos que ingeniarnos como pudimos, haciendo muchas traducciones y esas cosas. Mi amiga, la artista americana Robin Kahn, tenía un estudio enorme en Brooklyn y me dejó la mitad. Nueva York es como caer de golpe en una selva llena no de jíbaros sino de arte y artistas. Entras en contacto con muchos que tienen perspectivas muy diferentes a las tuyas… también me metí mucho en el mundo de la música. El mundo del arte americano es mucho más comercial que el nuestro, pero justo a mitad de los noventa empezaron a surgir los primeros espacios públicos sin ánimo de lucro, una especie de respuesta al mundo de las galerías comerciales. Se empezaron a organizar exposiciones en lugares fuera del circuito, eventos que a lo mejor duraban un solo día. Recuerdo que participé en una muy divertida en una azotea de un edificio de 22 plantas en la calle 42, en mitad de Manhattan, rodeado de edificios altísimos, una calle de prostitutas donde está todo el negocio de la industria pornográfica. Los artistas llevaban las cosas más inverosímiles, aunque yo llevé cosas que se colgaban en la pared, je, je, je….

En Nueva York, Loncho pintó una amplia serie de cuadros inspirados en los cuentos de hadas -Fairytales- en los que combinaba imágenes y noticias tomadas de la prensa del día -era el momento de la guerra del golfo- con otras extraídas del imaginario colectivo y del mundo de la fantasía. Una serie que expuso en la galería Cavecanem, de Sevilla y posteriormente en la galería Berini de Barcelona. Eran cuadros muy poéticos, la gente se identificaba rápidamente con ellos y tuvieron mucho éxito. Hice también los dibujos de papiroflexia, escritos tipo poemas que luego doblaba con pliegues como si fueran aviones de papel. Algunos los tiraba desde la ventana.

En Nueva York teníamos una agenda muy ocupada, es una ciudad donde siempre tienes a tu alcance esa posibilidad inabarcable de asistir a todas las exposiciones, a todos los conciertos… Nos fabricamos unos carnés de prensa falsos de una revista sevillana que se llamaba Artefacto. Incluso si nos caían bien los artistas o los músicos, luego los entrevistábamos. Recuerdo especialmente la visita a Filadelfia para ver El gran vidrio de Duchamp, o la excursión para ver La casa de la cascada… También visitaba mucho Black Out, la gran librería anarquista de la ciudad y que, casualmente, era la que estaba más cerca de nuestra casa, apenas a cien metros. Tenían una fotocopiadora para libre disposición del personal, algo que en Estado Unidos resultaba impensable, un instrumento revolucionario que se avenía estupendamente con nuestras ideas contra el copyright tal y como lo gestiona el sistema. Robin Kahn y Kirby Gookin estaban realizando entonces el proyecto Disappearing Act (Acto de desaparición), porque todas las obras eran efímeras, se comían, se bebían… A mí también me invitaron a desaparecer, así que me produjeron el concierto de despertadores que había estrenado en Ceuta en el 97 en el marco del proyecto Almadraba. En Nueva York lo hice en Bound&Unbound Gallery, el espacio donde están los archivos de Barbara Moore, la viuda de Peter Moore, el que fue documentalista de Fluxus. Unos archivos increíbles. Utilicé doscientos relojes que hablaban, que decían la hora que era… cada hora, todos en una vitrina y con un horario de visitas, así la gente iba a escuchar el concierto cuando mejor le venía: Symphony of the American Dream.

V LA CÁTEDRA DE DOÑA GAUDELIA

Soy una mujer de un lugar encantado, sagrado Porque soy una mujer aerolito

María Sabina

Concluida la estancia neoyorquina, la pareja Gil-Regueira decidió aplazar el regreso al viejo continente y se traslada a México, país que ya conocían de una primera incursión en 1997, con motivo de ExpoArte Guadalajara, donde Loncho expuso en el stand de la galería Berini y Esther organizó un programa de videoarte titulado Pasarse de la raya.

En aquel viaje hicimos muchos amigos mexicanos y el país me resultó fascinante. Esta segunda vez llegamos a finales del 99, con la idea de quedarnos siete meses, pero conseguimos un apartamento maravilloso en el DF y al final nos quedamos hasta finales del 2000. La nochevieja del 99 la pasamos en la Casa de Paquita la del Barrio, alternando con un público variopinto. Fue muy divertido. El apartamento era enorme, estaba en la calle Donceles, la calle de los libros viejos, justo detrás de la catedral, casi en el Zócalo. Se trataba de un edificio racionalista, con el suelo de parquet, los techitos bajos y todo lleno de cristaleras. En México esta zona y este tipo de edificios están muy devaluados por culpa de los temblores. Total, que allí estuve muy bien y me pasaron un montón de cosas raras.

¿Cosas raras? La estancia en México podría entenderse casi como una peregrinación del centro a la periferia, un baño de color local, el color de la vida, tanto más de agradecer en estos tiempos en los que lo global, la nueva pesadilla que todo lo achata por lo bajo, no sólo se constituye como una amenaza de lo local sino que, al mismo tiempo, se erige sobre las cenizas de ese viejo sueño universalista, humanista y expansivo por lo alto del que la pintura y sus asociados siempre fueron honorables adelantados.

El balance de trabajos, experiencias, acciones, relaciones, peligros y anécdotas que Loncho acuñó en México fue rico y demasiado prolijo para ser descritos por lo menudo. Pero de todas las cosas raras que le ocurrieron, la más extraña en el sentido de poco usual y, a la vez, luminosa, fue la expedición a Huautla Jiménez, en el norte de Oaxaca, donde viven las comunidades de indios mazatecas, viaje que emprendió en compañía de Miguel Ángel Ríos, un artista argentino afincado entre México y Nueva York.

Miguel Ángel quería hacer una obra a partir de los problemas originales de la subjetividad latinoamericana: el chamanismo, las plantas medicinales y ese tipo de cosas, así que me ofrecí a acompañarle.

Huautla Jiménez empezó a ser conocida en todo el mundo a partir de los libros del matrimonio Wasson/Pavlovna, pioneros del estudio de los hongos sagrados de la familia psilocibe. A partir de la publicación de The Wonderous Mushroom y otros libros y artículos suyos, y muy especialmente durante los ligérsicos años sesenta, la lista de aventureros, curiosos, artistas y snobs de todo el mundo que han peregrinado hasta esa remota región para tomar los hongos no ha cesado de crecer: Huxley, Dylan, los Beatles, los Rollings?

Entre los curanderos, videntes y chamanes indígenas, la figura de María Sabina pronto descolló con luz propia. Chjota Chjine, en lengua mazateca la que sabe, unía a un profundo conocimiento de los hongos -sus angelitos o niñitos-, y de las tradiciones y ritos prehispánicos, el poderoso influjo de los salmos y cantos con los que acompañaba la ingesta:

*Soy una mujer condenada a muerte Soy una mujer de inclinaciones sencillas Soy una mujer que cría víboras y gorriones en el escote Soy una mujer que cría salamandras y helechos en el sobaco Soy una mujer que cría musgo en el pecho y en el vientre Soy una mujer a la que nadie besó jamás con entusiasmo Soy una mujer que esconde pistolas y rifles en las arrugas de la nuca. *

María Sabina murió en 1985, pero dejó una nutrida escuela de discípulos y seguidores. Con una de estas discípulas, doña Gaudelia, fueron a dar Loncho y su colega después de muchas peripecias.

Huautla es un lugar precioso, por encima de las nubes, todo lleno de cascadas, una especie de paraíso donde la naturaleza está superviva. Un primer chamán nos preparó para el viaje, hicimos yoga con él, nos enseñó a respirar y nos dio algunas pautas de lo que más o menos nos iba a pasar porque, claro, al principio te acojonas un poco. Así que nos preparó muy bien y fuimos a visitar a Doña Gaudelia que era bajita bajita, apenas hablaba castellano y tenía fama de ser una de las mejores chamanas de la comunidad. La toma de los hongos es una ceremonia muy sincrética, ya conté mi experiencia en un texto que se publicó en el nº2 del periódico El Plante. Primero fuimos a visitarla y nos dijo que debíamos ir al mercado a comprar los honguitos, dos huevos de gallina blanca, un ramo de nardo y una especie de plumero de plumas de águila. Comprar todo eso fue un lío, sobre todo los honguitos, íbamos a uno, le comprábamos, luego nos decían que había otros mejores, los comprábamos… pues resulta que hay mucha variedad de psilocibes. Al final nos quedamos con los de San Pedro, que ellos llaman santitos. Por fin quedamos citados para la toma un día a las nueve de la noche. Durante las 24 horas anteriores no puedes comer nada, sólo algo de fruta. Sobre todo no puedes tomar maíz, que allí es la base de la alimentación, porque el maíz es sagrado y no puedes tener a un dios dentro del estómago. Doña Gaudelia celebraba estas ceremonias en un pequeño granerito donde tenía un altar con la virgen guadalupana y todo tipo de imágenes. ¡Y había muchísimas cosas escritas en las paredes! Graffitis rarísimos escritos por las personas durante el trance pero que apenas se veían porque allí todo sucede en una penumbra total, sin luz eléctrica. Doña Gaudelia primero encendió las velas, luego cerró la puerta y nos indicó donde estaba el cubo y nos pidió que lo memorizáramos bien por si nos entraban ganas de hacer pipí o de potar. Ya estábamos sobre aviso de que echaríamos muchos fluidos, así que íbamos bien provistos de pañuelos. Luego doña Gaudelia nos dio los hongos. Como Miguel Ángel es grande, grandísimo, y la cantidad de hongos que se ingieren depende del peso, a mí me correspondieron muchos menos, pero a la media hora ya empecé, je, je, je?.

Llegados a este punto, corramos un tupido velo para salvaguardar la intimidad de los oficiantes. Les dejaremos a su aire durante uno de esos enigmáticos momentos en los que se pierde la noción del tiempo, así que cuando volvemos a descorrer el velo no sabemos si han pasado minutos, semanas o meses, pero aún se oye al fondo, como un eco, la voz de Loncho: Y tomando los `santitos´ fue cuando vi por primera vez a mi hija Jimena que aún no había nacido.

Lo raro del asunto es que se lo está diciendo a la propia Jimena, que ya va para los cuatro años. De lo que cabe deducir que la pareja regresó a Sevilla, y ahí sigue. Pero antes?

Al regresar de Huautla al DF descubrí unos pigmentos fosforescentes que eran iguales que las alucinaciones que había tenido. Un pigmento de fósforo que se alimenta de la luz, fotosensible, como la emulsión fotográfica de plata con la que trabajo. Empecé a pintar obras con esta nueva emulsión en las que hay muchas referencias a fenómenos como el fuego fatuo, los fosfenos? Obras a partir de fotografías que iban cambiando, como los retratos que hice de Maquiavelo o un retrato imaginario del subcomandante Marcos que los artistas mexicanos no entendieron muy bien. Con ese pigmento, que a oscuras hace visible una realidad distinta a la que vemos con la luz natural, he pintado La celda grande, concebida como un espacio alucinatorio.

VI EN EL CAMINO DE LA GRAN OBRA

La muestra que Loncho ha preparado para Badajoz se titula La celda grande. Ya dije que el MEIAC se alza sobre la que fue torre central -el Gran Ojo que Todo lo Vigila (GOTV)- de la antigua cárcel de Badajoz, un imponente edificio panóptico, antes penal famoso entre otras cosas por tratarse de la principal cantera de la muy acreditada escuela de verdugos españoles (Daniel Sueiro les dedicó un magnífico libro, justo hace 25 años, un clásico hoy imposible de encontrar y que alguien debería reeditar). La celda grande no es una exposición monumental ni antológica, por el contrario, se trata de un proyecto de intenciones hondas y proporciones modestas concebido especialmente para el lugar.

La celda grande consta de dos partes muy diferentes pero íntimamente conectadas por un sistema bien articulado de galerías subterráneas, flujos simbólicos, imágenes y escrituras concomitantes.

La primera parte reúne una serie de pinturas sobre papel de buen formato, dibujos digitales en los que se combinan técnicas manuales: dibujo, pincel, acuarela, tintas diversas, pigmentos fosforescentes; técnicas fotográficas: emulsiones; técnicas digitales: el ratón empleado como pincel y la barra como nueva caja de herramientas; incluso procedimientos industriales: impresión con plotter. Loncho no es un creador puro, en el supuesto de que la creación pura, el llamado arte por el arte, además de pura entelequia no fuera sino una huevoná, que dijo Federico Guzmán. Es un operario que pinta -un casco rosa de obrera y el mono de trabajo azul son dos de sus marcas de fábrica- con la actitud del alquimista: el artifex que, en la tradición esotérica, es a un tiempo demiurgo (creador) y technites (trabajador manual), condiciones ambas que en la antigüedad clásica compartían por igual tanto los pintores, los poetas y los músicos como los tejedores, los carpinteros y los médicos, como recordaba Arthur Schwarz -autor entre otros trabajos de un catálogo razonado de la obra de su amigo Marcel Duchamp- en un delicioso texto sobre los que él considera cuatro caminos convergentes: surrealismo, tantrismo, alquimia y anarquismo: El alquimista, como el artista, es el arquetipo del rebelde anarquista no sólo porque reivindica para sí la juventud de los dioses y su poder creador, sino porque ha entendido que la juventud es creadora, y por ello que revolución y juventud son dos aspectos de la misma materia. Así como el espíritu es la forma más evolucionada de la materia, la revolución es la forma más evolucionada de la juventud. La revolución es la juventud del hombre, y viceversa, tanto a un nivel colectivo y filogenético como a un nivel individual y ontogenético.

La Gran Obra sería, en este sentido, un camino de conocimiento materialista, monista y ateo, en el que el proceso de búsqueda siempre es más importante que el fin. Y la piedra filosofal -como proclamó André Bretón en el Congreso de Escritores de París, en 1935- no es otra cosa que aquello que podrá permitir a la imaginación del hombre tomarse una revancha clamorosa sobre todas las cosas. La transmutación, me escribía Loncho, es el proceso de manipulación de los materiales, de experimentación con los lenguajes gracias al cual dotamos a las imágenes de nuevos significados y sentidos al pintarlas, dibujarlas, rayarlas, confundirlas, copiarlas, calcarlas, tunearlas, revelarlas, y todo lo que se nos pase por la cabeza…. Una perspectiva ésta que le sitúa, de nuevo, mucho más cerca de Polke que de Beuys.

En otros papeles el protagonismo recae en los graffitis y las consignas reunidas durante años. Algunas de estas leyendas y motivos son de clara estirpe carcelaria y, en parte proceden de la excelente colección de fotografías sobre las paredes y los muros de las celdas, galerías y otras dependencias del viejo penal abandonado antes de iniciar la obras de transformación en museo de arte contemporáneo, casi un santo y seña que el MEIAC publicó al iniciar sus actividades. Sirva de ejemplo esta feroz amenaza: Subre (sic) en silencio y véngate, inscrita bajo una esquemática silueta de Chaplin con bastón, bigote y bombín. Abundan las faltas de ortografía y las erratas felices: subrir por sufrir o liebre por libre. Equivalencia esta última que el propio Loncho parece hacer suya en el único lienzo que expone, más de seis metros cuadrados de pintura por donde varias de ellas campan a sus anchas. Viéndolo, se me ocurrió adaptar el famoso epigrama de Catulo traducido por Leopoldo Panero como: Iberia, / de conejos llena / que no de flores, cambiando, de una vez por todas, conejos mixomatósicos por liebres veloces y libres.

Otras veces se trata de consignas políticas en el sentido más amplio de la palabra, de ayer, de hoy, de siempre, espigadas aquí y allí con un criterio irónico y poético. Series de frases encadenadas con trazos coloristas, de aire sicodélico por momentos, y caligrafías de lo más variadas. Arrancan, por ejemplo, con un adiós pureza, sobreviviré a tu club social, o un yo soy tú para cerrarse con estoy muy sola. Pasando casi siempre, literal o figuradamente por la que quizás sea su consigna emblemática: desarma la autoridad, arma tus deseos, que tomó de la revista norteamericana de John Zerzan: un journal del deseo armado. Pintura y escritura se funden aquí en íntimo abrazo. Y la intencionalidad claramente vindicativa de estas obras no las exime, muy al contrario, de una suerte de delicadeza y de ternura nada impostada, una naturalidad que, paradójicamente, multiplica su eficacia.

VII LA CELDA GRANDE

La segunda parte de la muestra consiste en un espacio clausurado, oscuro, vacío en apariencia, La celda grande propiamente dicha que, en efecto, es mayor que las reales. El espectador accede a ella por la típica puerta con mirilla y cerrojo oxidado. Como si de una fantasmagoría se tratara, poco a poco se le van apareciendo los escasos muebles: la litera, la mesita, el lavabo, una silla viuda, y las clásicas inscripciones y avisos que, a modo de fe de vida, fueron dejando sucesivos reclusos en las paredes. El carácter alucinatorio de esta instalación, por emplear un término al uso que nunca me convenció, queda recalcado por la utilización de la falsa perspectiva, de una escala monumental y de un pigmento fosforescente, amarillento, pálido, casi bilioso, que se va cargando lentamente con la luz de una bombilla. El pigmento descubierto en México del mismo color que sus alucinaciones durante las sesiones de honguitos en la cátedra-cuadra de la chamana doña Gaudelia.

Hoy se habla mucho del panóptico como metáfora global de una sociedad paranoica donde la vigilancia se ha convertido en la principal obsesión del poder. Pero conviene no olvidar, por mor de la justicia, que Jeremías Bentham (1748-1832) fue en su día un pensador utilitarista, decidido partidario de los derechos humanos, de las reformas sociales en general y de la reforma penitenciaria en particular. Al margen de las interpretaciones simbólicas y místicas del Panopticón como sistema arquitectónico, éste contenía elementos progresistas y contribuyó, entre otras novedades, a instaurar el sistema de celdas, sin duda un paso adelante frente a los calabozos y mazmorras que venía a sustituir.

De flagrante y escandaloso paso atrás, por el contrario, tanto en el terreno arquitectónico como en el jurídico, son los nuevos recintos de máxima seguridad, limbos alambrados fuera del mundo y al margen de la legislación internacional, donde a los presos, entre otras muchas formas de aniquilación, se les priva de la vista y se les tortura con rocanrol. Guantánamo es el más conocido de ellos, y al que el próximo día uno de febrero, en el marco del festival Madrid Abierto, Alonso Gil, mano a mano con el artista gibraltareño Francis Gomila, dedicarán una intervención pública titulada Guantanamera. El acto tendrá lugar sobre un respiradero de metro que, una decisión municipal de última hora, ha ido a situar en la acera del Gobierno Militar de Madrid, calle Alcalá esquina con Gran Vía. No se lo pierdan.

Las dos partes de la exposición representan, de alguna manera, los dos ejes principales del trabajo de Loncho: la pintura sobre soportes tradicionales y la pintura sobre otro tipo de soportes. Dos ejes vertebrales que no impiden que su trabajo se diversifique en otras muchas direcciones: el vídeo, la música, el diseño, las acciones callejeras, las intervenciones políticas, o los proyectos en colaboración con diversos colectivos y entidades.

Entre ambos ejes, a modo de bisagra hermética, una enigmática roca ambarina colocada sobre una peana muy baja, dejada en un rincón como por descuido, sin cartela o indicación que aclare de qué se trata y qué demonios hace ahí. Un examen atento, su peso desorbitado, su enorme densidad y el relato del artista sobre cómo la encontró en un cráter aún humeante en medio del campo, me llevan a sospechar que se trata de un aerolito, y, de serlo, estaríamos ante el primer object trouvé sideral de la historia del arte.

En la remota antigüedad, los meteoritos estaban considerados pedazos desprendidos de la bóveda celeste y, por ello, fueron divinizados por innumerables culturas y civilizaciones. Piedras de luz, petra genitrix, metal-estrella, relámpago celeste o hacha de Dios son algunos de los nombres que se dieron a estos pedazos translúcidos de cristal de roca, y desempeñaban un papel esencial en la iniciación chamánica. El primer capítulo de Herreros y Alquimistas, el clásico estudio de Mircea Eliade, se titula precisamente Meteoritos y metalurgia. Conviene recordar -nos recuerda- que el chamán es aquel que ve porque dispone de una visión natural: ve a lo lejos tanto en el espacio como en el tiempo futuro. La sacralidad celeste, inmanente a los meteoritos en la antigüedad remota, en el neolítico deja paso a una sacralidad telúrica de la que participan las minas y los minerales. En los orígenes de la metalurgia, los herreros, antecedentes de los alquimistas, fueron los principales agentes de difusión de mitologías y ritos. En los tiempos modernos, parte de esa función es usufructuada por los artistas. Al menos desde aquella inolvidable exposición que fue Los magos de la tierra, parece evidente que los artistas auténticos son verdaderos chamanes y que los auténticos chamanes son verdaderos artistas. Lo difícil es distinguirlos en un mundo tan propicio a los impostores y a las falsificaciones. Que Alonso Gil está dotado de esa clase de visión especial, holística, es algo sobre lo que no albergo la menor duda, pero si no les basta mi palabra, fíense del meteorito, esa señal cósmica, indubitable.

PROYECTO RELACIONADO:

La Celda Grande

Otros textos

Utilizamos cookies propias y de terceros para obtener datos de la navegación de nuestros usuarios.    Más información
Privacidad