A diferencia del Decálogo religioso, estos poemas visuales se conciben como deseos creados para nuestro propio bien y el de nuestra comunidad. No tienen un número preciso, ni un carácter obligatorio, sino que nos exhortan a vivir una vida plena y liberadora, fuera de las limitaciones impuestas por nada ni nadie que no sea nuestra propia conciencia. La disposición de las palabras, el equilibrio de las letras entre el orden y el desorden y el uso del color, forman una imagen que sustituye la lectura lineal del texto, en la que el espectador se proyecta como un cómplice y un compañero de juegos.




