Alonso Gil 247

Esther Regueira
Sevilla ///
2023

“El corazón es centro, porque es lo único de nuestro ser que da sonido”
María Zambrano

Decía la pensadora y filósofa malagueña María Zambrano, quien se movió siempre entre el compromiso cívico y el pensamiento poético, que las grandes verdades no suelen decirse hablando. Me parece oportuno recuperar esta afirmación de una mujer que recurrió a la metáfora como método de su “razón poética”, por la que el ser humano es capaz de analizar el mundo pero no de observarse a sí mismo cobra sentido, en un tiempo en el que la mentira se ha normalizado, especialmente en ciertas clases dirigentes, tanto que incluso se ha creado una expresión para designar la técnica de debate que consiste en abrumar al oponente con el mayor número de mentiras posibles sin darle tiempo a responder (Galope de Gish). Coincido con la filósofa malagueña en que acciones, gestos o dibujos pueden mostrar más verdades y honestidad que muchas palabras. Y cito a Zambrano, no solo porque soy una gran admiradora suya, sino porque su propuesta de reconciliación entre pensar y ser, razón y corazón, pensamiento y emoción, es enormemente pertinente en la práctica de Alonso Gil.

Vivimos momentos en los que se hace necesario una repolitización de la vida y el arte pone el acento en ello, lo que se refleja en el hecho de que gran cantidad de las prácticas artísticas contemporáneas traten temas de actualidad y en que muchas se generen desde tramas colectivas. Pero como reflexiona Marina Garcés en el artículo La politización del arte , quizás el mejor análisis que he leído al respecto, estos dos elementos no garantizan un reencuentro real entre lo político y la creación, pues no paran de reproducirse nuevas formas de banalidad, así como espacios para el autoconsumo y reconocimiento. Que las obras de arte traten de temas políticos no implica que estos se traten honestamente, y la honestidad con lo real, afirma la filósofa catalana y coincido con ella, es la virtud que define la fuerza material de un arte implicado realmente en su tiempo.

Conozco a Alonso Gil desde principios de los años noventa. Sé de los contextos geopolíticos, sociales y afectivos en los que ha desarrollado su trabajo, de los referentes que lo han nutrido, de sus procesos y sus compromisos; hemos sido aliados en múltiples proyectos y he participado en muchas de sus aventuras vitales e intelectuales. Por ello me siento legitimada a afirmar que las principales características de su peculiar práctica artística son: el uso de los afectos como elemento cognoscitivo que coloca siempre en el centro de sus modos de hacer, la honestidad con lo real que se plasma a través de una cultivada mirada crítica, la recreación en los procesos y la importancia de la diversión como factor político. La sinceridad, la empatía y la inteligencia emocional de Alonso, así como su curiosidad y su capacidad de disfrute, son, a mi parecer, características fundamentales de la persona y, por ende, de su obra.

Es por tanto, desde ese lugar en el que se politizan los afectos, desde el que se plantea y sitúa 247.

247

“No se trata tanto de principios éticos, más bien me da la impresión de que se trata de rasgos de personalidad, de un lenguaje mental
y de una estética intelectual sostenida a lo largo del tiempo».
Eve K. Sedgwick

Alonso Gil es un artista comprometido con su tiempo histórico y, por tanto, un sujeto que entra en conflicto y en resistencia con muchas de sus inercias. En la charla-texto titulada La Paradoja que presentó en una de las actividades realizadas en Copilandia , la isla libre de propiedad intelectual que puso en marcha el colectivo Gratis (Federico Guzmán, Victoria Gil, Kirby Gookin y Robin Kahn) en Sevilla en 2006, en la que Alonso colaboró y se implicó sobremanera, afirmaba: “(…) vivimos instalados en la paradoja, en la contradicción, en esa frontera difusa, permeable, donde aún no se han establecido las aduanas entre el mundo real y el mundo virtual, entre lo conocido y lo por conocer, entre la subvención y la subversión, entre el derecho a practicar la política de la donación y la obligación de tratar con usureros, mercachifles y supuestos gestores culturales de las instituciones públicas y privadas; vivimos obligados moralmente a criticar el sistema y acuciados por la necesidad de vender nuestras obras a los ricos para que decoren con ellas sus salones” . De esta manera reflexionaba, sin complejos, sobre las contradicciones que el sistema en general, y el del mundo del arte en particular, contiene; sobre la prepotencia de las instituciones culturales cuya responsabilidad sería la de apoyar a los artistas y no perpetuar su precariedad, y en general sobre las paradojas en las que tenemos que aprender a movernos las personas que no queremos renunciar a trabajar sobre las potencialidades críticas y transformadoras inherentes a la cultura y, además, poder vivir de ello.

Estos conflictos y resistencias se plantean en 247, una exposición cuyo título alude al trabajo ininterrumpido las veinticuatro horas todos los días del año de los artistas, extensible a la comunidad creativa, pero también a la científica y a otras, en definitiva, aplicable a aquellas personas comprometidas con su trabajo de una forma que en ocasiones llega a ser obsesiva y casi perversa, consecuencia de las dinámicas de un sistema capitalista extremo como bien expone Santiago Eraso en el texto La cultura del trabajo escrito para esta publicación.

247 es un relato visual, textual y auditivo, pero sobre todo emocional y reflexivo sobre el particular y complejo universo de Gil, que se articula en tres capítulos en los que se presentan obras recientes junto a algunas realizadas en años anteriores. Obras de diversos formatos, tipologías y disciplinas, que proponen una clara desjerarquización de lenguajes, en los que la herramienta discursiva principal gira en torno a la carga cognoscitiva de los afectos. Unos trabajos que dejan ver esa peculiar metodología de Gil en la que existe un componente extrañamente atractivo pero cargado de autenticidad corrosiva: una carga lúdica y subjetiva que muestran que la importancia del arte no reside, o no solamente, en atreverse a decir lo que uno piensa, sino en provocar pensamientos, reflexiones y emociones más allá de lo que una sabe.

Algo muy destacable, que apreciamos y agradecemos de Gil, es que no se acerca a los temas por interés (mediático, comercial, etc.), sino porque se siente profundamente afectado por ellos, y en esa afectación se generan implicaciones y complicidades con los contextos que se respiran en su trabajo. La denuncia que recurre a la ironía e incluso a la sátira, la exploración de los caminos del conocimiento mediante el disfrute o la colaboración con diversos agentes, son algunas de sus señas de identidad. Porque Alonso Gil respeta y aprende de los saberes singulares de los lugares en los que trabaja, ya sea Extremadura, el Sáhara Occidental, la India, México o Sevilla. Jamás impone ni se impone, como hacen muchos otros artistas a los que les falta empatía y les sobra ego, y obvia por completo “el importantómetro” que muchas personas tienen siempre en funcionamiento, porque no se deslumbra por los “brillos” que ciegan a numerosos agentes que conforman el territorio arte.

I.- La alquímica y el azar como aliados del determinismo.

“Es un operario que pinta con la actitud de un alquimista: el artifex que, en la tradición esotérica, es a un tiempo demiurgo (creador) y technites (trabajador manual). Condiciones ambas que en la antigüedad clásica compartían por igual tanto los pintores, los poetas y los músicos como los tejedores, los carpinteros y los médicos”.
Quico Rivas

Alonso siempre se ha sentido seducido por las propiedades energéticas y emocionales de los materiales, como también por las alteraciones que se producen mediante procesos químicos y por las intervenciones de elementos naturales, como la luz o el agua, sobre ciertas sustancias y soportes. El interés científico y alquímico se remonta a sus primeros trabajos de los años ochenta, cuando realizó esculturas en las que calculaba su volumen en diferentes materiales como oro, cobre, mercurio o agua.

Atraído por la alquimia, en el primer capítulo de 247 se presentan una serie de obras técnicamente experimentales en las que investiga las potencialidades de los materiales, dejando a veces que los factores ambientales y el azar terminen sus obras. Gil pone a dialogar obras realizadas con las emulsiones de luz que oxida las imágenes, con los cuadros de óxido en los que la los agentes transformadores son el agua y el aire, mostrando cierta vertiente lúdica e incontrolada en su modo de hacer. Recurre al azar como una herramienta más del proceso creativo, algo ya utilizado a lo largo del siglo veinte por numerosos artistas como Marcel Duchamp, John Cage o Esther Ferrer, quienes en muchas de sus obras hacen uso del juego como elemento esencial. Algo que se muestra incluso en las confusiones, o las posibles “trampas”, que se producen como resultado de la manipulación de elementos, generando la duda entre lo qué es intencionado y lo que no. ¿Son las manchas de óxido exactamente las deseadas a priori por Alonso? ¿lo son las de la emulsión fotográfica? ¿controla al artista el nivel de revelado o de oxidación? ¿domina al 100% las alteraciones y los “dibujos” que se generan con el paso del tiempo? No lo podemos asegurar, pero lo que está claro es que estas dudas son generadas intencionadamente, porque Gil hace uso del juego como una herramienta combativa más, porque, como dijo Italo Calvino, el juego, es una cosa muy seria. El escritor italiano pensaba que en literatura existe siempre un aspecto de juego porque escribir un texto, y yo añadiría que realizar un trabajo creativo de cualquier tipo, es una apuesta, un acto que debe obedecer ciertas reglas o violarlas conscientemente. Para Alonso, como para Calvino, el aspecto lúdico es metodológicamente necesario, pero “(…) esto no significa que la literatura –o el arte- no sea una cosa seria, el juego es algo muy serio. El humor es necesario metodológicamente porque el humor consiste en poner en discusión todo, incluso lo que acabamos de decir” .

Realizadas para esta exposición, las Flores del desierto (2023) son obras “pintadas” en colaboración con agentes naturales como el agua o el oxígeno, y con el tiempo como un elemento más, en las que el azar y la casualidad tienen un rol tan destacado en el proceso como la propia mano del artista. Las obras muestran las huellas de desechos herrumbrosos como latas, tornillos o piezas de minas antipersona que Alonso ha encontrado en diferentes lugares. Los ha depositado sobre lienzos y papeles y, con ayuda del agua, el sol y el aire, ha realizado dibujos haciendo uso del proceso de oxidación mediante el cual los polvos de pigmento de óxido de hierro adquieren diversas tonalidades. Las Flores del desierto incorporan el mecanismo conceptual transformador del azar y, como si de experimentos científicos se tratara, el juego y el albur se convierten en conceptos que contribuyen y complementan el conocimiento humano a la manera en que Duchamp se valió del azar y la experimentación para abrir nuevos caminos de entendimiento, tanto para el arte como para el espectador.

Frente y junto a Las flores del desierto se muestran Los Abandonados (2009), un trabajo fotográfico que surge de la convivencia de Alonso Gil con el pueblo saharaui en los campamentos de población refugiada de la Hamada argelina en Tinduf, tras participar en los Encuentros Internacionales de Arte Artifariti, en los Territorios Liberados del Sahara Occidental. El artista se recrea en el proceso alquímico del revelado, manipulando los líquidos para conseguir efectos de desvanecimientos y desaparición de la imagen. Las fotografías, realizadas con emulsión líquida de bromuro de plata, están arañadas, raspadas y manchadas azarosa e intencionadamente, para mostrar la misma condición de abandono que viven los saharauis, un pueblo maltratado por políticas que anteponen los intereses económicos a los derechos humanos. Alonso se hace eco de las ideas de Walter Benjamin, mencionadas por Eraso , quien nos invita a cortocircuitar la historia oficial escrita desde el punto de vista de los vencedores, reescribiéndola a contrapelo desde el punto de vista de los excluidos, que no de los vencidos, pues la resistencia saharaui continúa.

Frente a la casi total ausencia de reflexión pública sobre lo sucedido con la provincia 53, con el Sahara occidental, Alonso, que conoce bien la situación de este pueblo con el que convive largas temporadas desde el año 2008, reflexiona sobre ciertas narrativas de poder y de resistencias, así como sobre negociaciones entre el pasado y el presente, imbuidas de racialidad y violencia. El artista llama la atención sobre la memoria histórica colonial, sobre las promesas incumplidas de la política española e internacional y las consecuencias que ello tiene en el día a día de las personas que componen esta comunidad. Los Abandonados se hace eco de los procesos vividos para otros proyectos que tuvieron lugar con la comunidad saharauis como Memorias nómadas (2012), dibujos realizados en el Aaium a partir de los testimonios de víctimas de torturas y violaciones de los derechos humanos, que compartieron con Alonso su dolor más íntimo. Un proyecto que muestra la potencia creadora de lo colectivo cuando se atreve a retar las inercias impuestas por el poder, y cuestionar el discurso oficial, generando una narrativa distinta basada en testimonios.

Decía la escritora y pensadora Hanna Arendt que contar historias revela un significado sin cometer el error de definirlo, y es así como actúan estas obras de Gil, revelando historias ocultas desde un profundo respeto y conocimiento de la situación que viven las personas representadas.

II.- Los abusos de poder:
Ni más que nadie, ni menos que ninguna.

“La crítica es precisamente ese arte de los límites, de los criterios y de las crisis,
que necesita mucha imaginación para desarrollarse
más allá del análisis y del dictamen”
Marina Garcés

En momentos en los que el pensamiento y los gestos críticos se han vuelto peligrosos, Alonso no deja de mostrar abiertamente su desacuerdo con ciertas decisiones e imposiciones políticas y nos ofrece su mirada sobre acciones dañinas, e incluso devastadoras, promovidas contra los seres vivos y el medioambiente bajo la muy conocida excusa del progreso. En el segundo capítulo de esta exposición-relato se muestran obras que presentan posiciones críticas y resistentes ante los abusos de poder, así como otras que se hacen eco de las potencias de los movimientos ciudadanos cuando reaccionan ante estos.Algunos de estos trabajos tienen como escenario las tierras extremeñas en las que Gil nació y a las que le une un fuerte sentimiento de pertenencia.

En 2005 comienza a tramitarse el proyecto para construir una refinería de petróleo en el municipio de Los Santos de Maimona, Badajoz, la refinería Balboa anunciada por los promotores de la misma, el Grupo Gallardo, como “el mayor proyecto industrial de la zona de Extremadura que generaría más de 3000 empleos directos e indirectos” . La respuesta ciudadana no se hizo esperar y desde principio se creó la Plataforma Ciudadana Refinería NO (PCRN), que, conformada por profesionales del mundo de la medicina, agricultura, ecología, bioquímica, etc. luchó en contra de esta propuesta advirtiendo de los peligros de una refinería de petróleo tendría para el medio ambiente y la salud de los seres vivos. En un momento en el que cambio climático es una realidad desastrosa incuestionable, resulta incluso aberrante plantear este tipo de propuestas, y aún más en una zona como la tierra de Barros donde la producción ecológica de vino y aceite, así como la ganadería ecológica, cobra cada vez más respeto.

Alonso Gil, resiente en Sevilla desde los 18 años, pero extremeño de cuna y militancia, se unió a las protestas, documentó actos, grafitis y proclamas, e hizo varias obras en contra de la implantación de la refinería bajo el título de Guarrerías en las que muestra a unos cándidos cerditos que hacen el amor o bailan en su tierra de Barros, mientras al fondo aparece un paisaje con negras y humeantes chimeneas. Los cuadros y acuarelas muestran posibles futuros paisajes catatróficos de la refinería de Almendralejo vistos desde Zafra, ciudad que alberga la feria del campo con mayor número de ejemplares de raza porcina, siendo el cerdo el icono de Extremadura. Un trabajo que recurre a la parodia y la sátira como principales herramientas críticas, que en cierto modo retoma el tono de Los caprichos de Goya o Los Borbones en pelotas atribuido a los hermanos Bécquer. Los guarros hacen guarrerías ante la guarrada generada por el gran capital .

Otra muestra de cómo este artista y su obra forman parte de la potencia de los movimientos ciudadanos cuando reaccionan ante los abusos de poder, es su reciente trabajo Canteminación: nuevas mineras (2023). Producido en el marco del proyecto de intervenciones urbanas Cáceres Abierto, Canteminación reacciona frente a la posible implantación de una mina de litio en Cáceres que tiene al pueblo dividido en opiniones. La obra nace a partir de una mirada atrás a los cantes de minas, y otra hacia adelante, al futuro que se presenta.

En Cáceres capital, en el poblado minero de Aldea Moret, hay una tradición histórica de flamenco que ha sido originada por la existencia de minas de hierro y fosfato desde mediados del siglo XX a mediados del XX, con la consiguiente presencia de mineros provenientes de la zona de Levante y otras geografías. El artista continúa en este trabajo con su tradición de rodearse de “malas compañías”, en el sentido irónico que Marina Garcés le otorga a esas personas que ponen en cuestión lo que los cánones sociales consideran que deben ser las buenas compañías e influencias, es decir, aquellos creadores que nos invitan a pensar por nosotros mismos y sin miedo, y que por tanto, no forman parte del canon literario, filosófico o artístico. Alonso Gil pidió a los miembros del grupo de acción poética La palabra itinerante, los poetas David Eloy y José María Gómez, cofundadores de la editorial Libros de la herida y ganadores del primer premio Letras flamencas por la igualdad, que escribieran las letras para unos nuevos cantes de minas relacionadas con la catástrofe que para Extremadura supone el extractivismo y la implantación de la nueva mina de litio.

Estas letras, escritas desde el sentir flamenco, han sido interpretadas en directo en un memorable recital, así como grabadas en el estudio de sonido Sonanta por Esther Merino (cantaora extremeña que ha recibido el año pasado la lámpara minera del Festival de la Unión en Murcia), Miriam Cantero (cacereña de Aldea Moret, nieta e hija de mineros y flamenca hasta la médula) y Eugenio Cantero (minero, cantaó, padre de Miriam e hijo de Demetrio Cantero), acompañados a la guitarra por el gran Rodrigo Fernández. Con estos cantes y otros interpretados por Rocío Márquez, Pepe Narbona o Gautama del Campo, Gil formó un archivo que se pudo oír por las calles de Cáceres en un acto performativo que lleva a cabo con un equipo de sonido ambulante, con el que recorrió las calles de la ciudad durante siete semanas. Alonso repartía unas octavillas que contenían las letras mineras por una cara e imágenes relacionadas con la implantación de la mina y las consecuencias que se derivarían de ello por la otra al tiempo que caminaba y la música sonaba. De esta manera, el artista hace un peculiar uso del espacio público en el que utiliza la diversión y el cante como herramientas críticas, poéticas y políticas.

Canteminación muestra una manera de enfrentarse a la realidad desde la realidad misma, desde la experiencia propia, porque Alonso coincide con la práctica filosófica y teórica de la pensadora Hannah Arendt ya que el artista considera que lo político solo se pone de manifiesto en el espacio público cuando se visibiliza y se expone antes los demás, y dicha visibilidad es necesaria. Así lo entiende también la escritora y teórica política alemana cuando considera que la visibilidad que “nos convierte en iguales en un entorno político en el que vivimos los unos con y entre los otros, se pierde paulatinamente en un contexto como el actual, cuando las ideas sirven como parapeto y excusa para, precisamente, no actuar y, por tanto, para no pensar” .

En este mismo capítulo del relato se sitúa Sahara Libre Wear (2008-2023), una marca de ropa creada y producida en colaboración con la comunidad de jóvenes refugiados saharauis, que surge de la colaboración de dos talleres: la propuesta de estampación textil ¡A Pintarropa! (2008) de Alonso Gil y Entretelas (2009), taller de confección de diseños a partir de la melfa, prenda de vestir tradicional de las mujeres saharauis, realizados por Angustias García y Esther Regueira en los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, Argelia, en el marco de proyecto Artifariti. Así nace Sahara Libre Wear, a partir de alianzas sostenidas con personas que pueden leer y leerse en esas propuestas, ante la ausencia de reflexión pública sobre lo sucedido con el Sahara Occidental (provincia 53) y lo que continúa sucediendo, que deciden utilizar la ropa como elemento generador de pensamiento y posicionamiento social. De esta manera, SLW utiliza la ropa como una llamada de atención sobre las narrativas del poder y las resistencias.

Resulta importante reseñar que esta propuesta de arte colaborativo, que utiliza el textil como herramienta de comunicación social y política, ha devenido con el tiempo en un proyecto de capacitación social que funciona a día de hoy como una cooperativa autogestionada de costura y estampación textil.

Se sitúa también en esta sección de nuestro relato la obra en construcción permanente Mi casa es tu casa, Casa Carrera (2020- 2023), formada por más de cien dibujos realizados en papeles de muestrario utilizados para testar las reacciones de diferentes materiales como pinturas, acuarelas, pasteles, acrílicos, etc., regalos de Antonio, trabajador de Casa Carrera, la tienda de materiales artísticos por antonomasia de Sevilla. La idea del reciclaje, como también la alusión a la precariedad de los artistas, conviven en esta suerte de diario en el que Alonso refleja pensamientos, reflexiones, ideas, deseos o sueños tomados como señales de dos realidades, la que compartimos con los otros seres vivos y la que soñamos o imaginamos, y que solo nos pertenece a nosotros. Fragmentos que, a modo de teselas, componen un mosaico que nos invita a vagabundear por el día a día del artista.

Pone fin a este capítulo unos Bostezos que reflejan irónicamente el estado que en ocasiones nos produce la resistencia permanente a un sistema y unas normas que no compartimos, lo que nos hace bostezar más por hartazgo que por aburrimiento. Y entre ellos se presentan los Platos enamorados que nos recuerdan como este artista recurre al amor como herramienta de resistencia a la violencia institucional general y las de las instituciones de la cultura y el arte en particular. Los llamativos colores y formas que se realizan con más de treinta pantallas de serigrafía muestran, sin complejos, como la práctica artística de Alonso Gil indaga poética y políticamente en los afectos y en la ética y los sitúa siempre en el centro.

III.- La cultura del trabajo

“Toda actividad reducida a la supervivencia es un trabajo forzado;
todo trabajo forzado transforma el producto
y el productor en objeto de supervivencia, en mercancía”.
Ratgeb

Como reflexionan Raj Kutter y Sonia Ayerra en la selección de bibliografía fundamental sobre y contra el trabajo que han realizado para 247, en casi todas las lenguas europeas el concepto “trabajo” se refiere originalmente sólo a la actividad de la gente sin poder decisorio, de los dependientes, los siervos y los esclavos. En su reflexión, observan que las palabras románicas “travail”, “trabajo”, etc., se derivan del latín “tripalium”, una especie de yugo que se empleaba para la tortura y castigo de esclavos u otras personas privadas de libertad. “Trabajo, por lo tanto, no es ni en su origen etimológico un sinónimo de actividad humana autónoma, sino que se remite a un triste destino social: es la actividad de los que han perdido su libertad. La expansión del trabajo a todos los miembros de la sociedad no es, en consecuencia, más que la generalización de la dependencia servil; y la adoración moderna del trabajo, no es más que la elevación casi religiosa de esta situación” .

Alonso sabe que el trabajo es la pieza motor de los sistemas económicos capitalistas y que, como escribe Santiago Eraso en el texto La cultura del trabajo , la actual ética del trabajo continúa cumpliendo la función ideológica, consagrada en el tiempo, de racionalizar y naturalizar la explotación y legitimar las desigualdades en lugar de considerar dicha ética como una posibilidad para pensar el mundo con otras perspectivas más igualitarias y solidarias. La clara resistencia a legitimar la desigualdad que imponen los sistemas que gobiernan el mundo, a es lo que lleva a Gil a abordar la cuestión del trabajo desde una perspectiva muy particular, en las que contempla estrategias de resistencia de personas capaces de burlar los principios del trabajo en sí, al penetrar en las fisuras por las que se puede, al menos momentáneamente, escapar al sometimiento y dar cabida a cierto disfrute durante la jornada laboral. Son esas personas las que capturan la atención de Gil, los situados entre la rutina del sistema y las resistencias para que ésta no arruine su día a día.

Gil lleva años reflexionando sobre el concepto del trabajo, los trabajos, en series realizadas en diversos momentos y contextos, con el común denominador de tener el sujeto afectivo como protagonista necesario.

Así, en Día a día (2021), presenta a personas cuyos oficios son fáciles de identificar por sus uniformes y herramientas, que reinventan los usos de sus utensilios laborales y los convierte en instrumentos musicales. Como si estuvieran poseídos por la magia de Orfeo, bailan y cantan manifestándose a contrapelo de lo que se les impone, porque como dice el propio Gil, “son una brigada ligera en guerra contra lo universalmente admitido, que buscan realizar la poesía y cultivar la vida como un arte” .

Debemos recordar en relación a lo antes mencionado, que la música como elemento combativo ha estado desde siempre presente en el trabajo de Alonso Gil, ya que el artista está muy influido por la cultura musical y los contextos subculturales en especial por el protopunk, el punk y el postpunk, y también por la música electrónica y urbana. En este sentido, Gil ha formado parte de la banda electropunk Chigate y ha realizado numerosos proyectos sonoros como Sinfonía del sueño (1997), Guantanamera (2007), Tunning Cofrade (2008) o Quémalo (2202) producido en el marco del proyecto Read*Write*Execute* por centrodearte.com. También editó, junto con Federico Guzmán, Todo Silvio, un tripe CD recopilatorio la música del rockero de culto sevillano. Y ha incorporado el flamenco a su práctica artística como elemento discursivo desde posiciones más o menos hetedoroxas en obras como Felicesinfelices o La felicidad en el trabajo (2008), o en Canteminación: nuevas mineras (2023).

La serie Working Class Heroes (2023) aborda también cuestiones relacionadas con la cultura de trabajo a través de dibujos realizados con collages de papel de seda en los que representa a diez niñas y niños de género indeterminado, vestidos como obreras, como las heroínas y los héroes que imaginan ser de mayores (policías, camareras etc.), en la única etapa de la vida donde la despreocupación y la exención de responsabilidades impera en la totalidad de nuestro tiempo. El título de esta serie cuyas obras presentan un juego entre lo apolíneo y lo dionisíaco, es una apropiación de una canción del primer álbum de John Lennon, interpretado posteriormente por Marianne Faithfull, que versa según el propio Lennon, sobre “los individuos de clase obrera siendo procesados en las clases medias, por la máquina” . Pequeños trozos de papel recortados y superpuestos concienzudamente describen a diez niñas obreras a través de un modo de hacer en el que existe un componente extrañamente atractivo que recurre al color, a la narrativa y a los propios procesos creativos mediante los que estas piezas se han llevado a cabo. Las piezas están cargadas de autenticidad corrosiva: una carga lúdica y subjetiva que nos lleva a vernos a nosotros mismos como héroes y heroínas en tanto que supervivientes de un mundo donde la proactividad, la productividad, el sacrificio, el sobreesfuerzo y el ascenso son las claves del éxito y de una vida feliz; personitas en cuyos semblantes, como apunta Guillermo Amaya , presentan en ocasiones unas ojeras funestas que descienden hasta unirse con las comisuras depresivas de una sonrisa forzada.

Muy relacionado con las obras anteriores son las Herramientas de liberación (2013). Objetos que normalmente vemos sucios y gastados por el uso, como unas paletas, un trompo o una brocha, se ven modificados a través del uso de los colores fluorescentes de las etiquetas que se utilizan para señalar ofertas en tiendas y mercados, mutando en atractivos utensilios. Como ellos, una bombona de butano, un casco de obrero de construcción o unas rodilleras de quienes trabajan agachados, también sufren una transformación al ser convertidos en deseables joyas doradas. La extrañeza que produce ese cambio de apariencia desde lo anodino y rechazado a lo lujoso y deseado, genera un interesante espacio de cuestionamiento.

En este espacio de nuestro relato se inserta también Ignou Road. En 2016 Alonso fue invitado a hacer una residencia en Nueva Delhi y durante su estancia realiza numerosas obras: dibujos, fotografías, cianotipias y una serie de propuestas sobre tela de algodón, que toman el nombre del ajetreado y tumultuoso barrio de Nueva Delhi donde estuvo viviendo y trabajando, Ignou Road en el que Gil donde entabló amistad con algunos comerciantes y vendedores ambulantes utilizando el dibujo como medio de conexión. El resultado de esta experiencia se cristalizó, entre otras obras, en una serie de ocho telas tintadas a la manera del batik, una antigua y rica técnica de teñido textil asociado a la espiritualidad, que se ha convertido en un signo de identidad local en algunos pueblos del sudeste asiático. En 247 se muestran dos de las telas así como varios dibujos preparatorios de vendedores de frutas, mecánicos, floristas, junto a un cuadro con una imagen que nos sorprende al estar ubicada en el contexto de las reflexiones sobre el trabajo: un vendedor de almohadas trabaja tumbado plácidamente sobre su mercancía, invitando de este modo, a probar su producto.

Junto a estas obras se proyecta el vídeo Gritos (2022), un ensayo visual que muestra una especia de relatos en forma de monólogos de trabajadoras y trabajadores de las inmediaciones del barrio de la “Puerta de la carne” en Sevilla, donde Gil tiene su estudio. De forma muy natural, lo que traduce la complicidad que existe entre artista y las personas entrevistadas, las gente que aparecen en Gritos muestran las diversas realidades generadas por sus trabajos, teniendo en común la presión y precariedad a la que se ven sometidos por el sistema: Bella, la emprendedora, decepcionada por el trato sin compasión con el que Hacienda trata a los autónomos; Antonio, el repartidor de butano, que tras cuarenta años está recién jubilado y saluda al mundo con amor; Obai, músico y excepcional percusionista originario de Sierra Leona que lucha por regularizar su situación y practica la música como una vía de escape para huir de la situación; Flori, la joven rumana vendedora ambulante de flores que llegó desde su país para estar tres meses y ya lleva 17 años despachando con su carrito; José, el repartidor de provisiones a los bares que inundan la cada vez más turistizada zona conocida como la Puerta de la carne y que va de aquí para allá canturreando y silbando los cánticos de los seises que clavó en su memoria cuando fue niño seise; Ángeles la dulce y sonriente peluquera que decora temáticamente los escaparates de su salón y entre peinados, cortes y arreglos, práctica terapia con los clientes; o Pepa la incasable camarera que quiso ser cantante y aún sigue paseando la bandeja. Personas que componen el universo personal y por tanto artístico de Gil porque sus prácticas, sus búsquedas, sus investigaciones y sus resultados vienen determinados por el espacio físico y social en el que desarrolla su actividad, y es desde este lugar desde el que visibiliza conflictos, los puntos ciegos, no de manera panfletaria sino honesta en la que intenta reforzar el tejido de la imaginación colectiva que considera una como una práctica social y colectiva absolutamente necesaria.

Esta parte del relato termina con un gran cuadro al óleo titulado Las bolsas (2000), que pertenece a una serie de pinturas que realizó cuando vivía en Ciudad de México a partir de imágenes apropiadas de folletos de publicidad de los bancos. Prometedoras escenas de un brillante porvenir asegurado a partir de la relación con entidades bancarias; pongamos por ejemplo la concesión de un crédito que autoriza un viaje o la compra de una vivienda, algo que permite ascender en el status social y por ello “garantiza la felicidad”. Una obra que fue, en cierto sentido, premonitoria de la crisis financiera global de 2008, un colapso financiero generalizado y orquestado por los poderes económicos que dejó los bolsillos de la ciudadanía igual de vacíos que los de la persona del cuadro, un cuerpo sin rostro que podría ser cualquiera de nosotras.

Todas estas obras nos muestran un universo de actitudes resistentes y atrayentes, porque Alonso Gil transforma la noción de trabajo y la enlaza con el concepto acuñado por Stuart Hall para quien la ““cultura es la práctica que comprende y objetiva la vida grupal de forma significativa” . Los trabajadores y trabajadoras de Alonso no son gente resignada a un tipo de vida que se desarrolla entre las insatisfacciones y el aburrimiento, todo lo contrario, son personas que se rebelan en la medida de lo posible a la vida anodina y alienada que produce la repetición de una labor diaria, que cantan mientras realizan sus funciones, que entablan relaciones de amistad con sus vecinos y clientes, que subvierten el sometimiento reconociendo, eso sí, las perversiones de la actual moral del trabajo que les exprime, les conduce a una precariedad cada vez mayor que acentúa las desigualdades sociales. Son trabajos que generan nuevos y emotivos mapas de significados.

“Desde hace un tiempo pienso que la amabilidad es la forma más radical de activismo político que conozco. Esto, creo cada vez con mayor convicción,
es extensible al pensar y al hacer teórico y crítico”.
Claudia Caparrós

En un tiempo caracterizado por la cada vez mayor circulación de mercancías, dinero, información y personas, en el que las finanzas y el mundo digital son la cabeza de la economía neoliberal, el trabajo de Alonso Gil nos produce una admiración especial por su coherencia y honestidad. El objeto de su práctica es el ser humano, las personas, en todas sus variantes y pluralidades. Y es fundamental destacar que en un momento en el que en el territorio arte, tan dado a las modas en corrientes, geopolíticas o terminologías, toca hacer referencia a los afectos, debemos mencionar que Alonso lleva años situando éstos en el centro de su trabajo. Su curiosidad vital, su deseo por ampliar saberes, su fácil inmersión en los contextos culturales diversos en los que ha vivido, se refleja en su obra. Porque sus modos de hacer no podrían darse sin el extraordinario componente afectivo y de disfrute que sus procesos generan, tanto en él como en quienes participan de ellos.

Alonso Gil tiene un fantástico don que todos los que le conocen reconocen de inmediato, y no me refiero a su enorme talento que por supuesto, sino a su gran capacidad empática que genera unos modos de hacer capaces de crear múltiples alianzas afectivas y que activan dinámicas que piensan en lo social y lo político en relación al momento y el lugar en el que trabaja. Y es por ello que su práctica nos invita a volver a mirar, a escuchar, a pensar y también a creer y participar en transformaciones que pueden ser posibles. Su obra es como su vida, intensa, divertida, radical y rotunda, por eso no inquieta al espectador haciendo que se plantee si entiende o no su trabajo, no lo interpela desde una posición jerárquica superior ni intimidatoria, sino que lo invita a relajarse y disfrutar, que es la mejor manera de apreciar las ideas y las reflexiones que el arte contiene.

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